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13.5.26

Todavía quema.

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Te he dicho amor tantas veces que ya debería sonar hueco. Debería caer al piso como una moneda gastada, rodar debajo de algún mueble, perderse ahí con las arañas que nacen de tus cabellos, los recibos viejos, las cochinillas que se hacen bolita. Pero no. Todavía corta. Todavía me desgarra la boca. Todavía guarda ese incendio. Ya te lo he dicho: no sé en qué momento empezaste a rescatarme. Tal vez antes de que yo supiera que estaba flotando, aburrido, repasando las mismas ideas diez mil veces. Hay naufragios muy ridículos: uno trabaja, saluda, responde mensajes, aprende a dormir con el alma encogida y nadie sospecha nada. La vida tiene esa crueldad: puede destruirte sin desordenarte la camisa.

Pero tú, tú me cortas la existencia, me hieres en el abismo. ¿Felicidad? Eso para los mediocres, para los vainilla. Lo nuestro es otra cosa. Una grieta. Una desobediencia. Como si el mundo, acostumbrado a entrar con sus botas, encontrara -de pronto- una puerta fuerte. Eso eres.  Lo que mantiene lo normal fuera. Por eso me abruma tanto, me molesta tanto, me gasta tanto, cuando un día te descubro siendo normal, soñando con serlo, cansada de resistir, agotada.  

Me abruma que tú - que me impediste acostumbrarme al abismo-  me exijas funcionar, te exijas funcionar, cuando lo nuestro es estar averiados. Somos esa parte que el mundo trata de olvidar pero vuelve. Esa risa que estorba y atemoriza. Somos, eres lo que me rescata. Escucho tu nombre y me da ganas de letras, de música, de gritar, de arrancarme la piel, de sacarme el mundo que llevo dentro para solo quedarme contigo. 

Sé que hemos cruzado días con hambre de discutir. Días con la ternura mal puesta. Días en que la casa parecía incómoda. Y, sin embargo, aquí sigue algo nuestro: manchado, terco, respirando. No intacto.  Pero mejor que intacto. Vivo.

Amor:

la noche fuera,
tu mano encuentra mi pulso,
no me vencen.
 

Contigo el mundo no tiene la última palabra. Gracias por venir conmigo a destruirlo todo. 

Ya te darás cuenta que hay gente que acompaña y por eso hay que mantenerlos distantes. No queremos cerca a quien no interrumpe. Tú ven, aparece en mitad de mis días e interrúmpeme la vida. Gracias por no dejar que el mundo me encuentre solo, discúlpame por estar cada vez más desajustado de todo, así soy… así he querido ser… disolverme, irme, desaparecer, desvanecerme hasta los huesos para poder estar solo en ti. 

Tú eres la que me rescata.
La resistencia.
La anomalía.
La prueba de que incluso en este mundo brutal todavía puede ocurrir la sorpresa. 

Gracias por estos 10 años, te he dicho tantas veces amor… que ya debería sonar hueco. 
Pero no.

Todavía quema. 

22.4.26

Juego

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El vaso amaneció tibio.

Lo dejé anoche en la mesa, vacío. Ahora conserva un calor que no es mío. 

Hay algo aquí que respira cuando no estoy mirando. No es un ruido. Es una forma de quedarse. A veces coincide con mi ritmo; a veces se adelanta apenas, como si probara el aire antes que yo. La casa aprende rápido.

He pensado que lo que quiere de mí es tu nombre. No para saber que existes  —eso lo sabe—, sino para oír cómo se gasta en mi boca. Lo imagino estrujándose en sus paredes, repitiéndose muy bajo, limándose hasta volverse otra cosa. Después queda el gesto.

Mido mis actos. Hay errores que no se cometen. La casa no se apura. Tiene una paciencia que no es del tiempo. Condenada a quedarse.

El sol irrumpe. No ilumina: expone. Bajo esa luz, el vaso no está. En su lugar, una marca circular, húmeda. La ciudad insiste del otro lado, pero el ruido llega tarde, como si atravesara agua. A veces no es la calle la que suena.

Tu pluma raya sola cuando la dejo. No hay palabras. Son formas sin sentido. A veces, rozan tu nombre. Quiere que lo diga. 

La marca del vaso se ha movido. También hay un olor nuevo. No viene de ningún sitio. Metal tibio. Fruta abierta. Algo que no termina de descomponerse. A veces respiro y no soy el único.

Intento salir. No encuentro la puerta. No lo diré. La casa escucha. Hay un placer en impedirle su gozo.

Silencio. Lo guardo. Me guardo incluso la forma de decirlo: las sílabas, la pausa, ese leve temblor antes de la última letra. Si la casa quiere oírlo, tendrá que inventarlo.

Ensayo el olvido. Empiezo por borrar una letra. Después otra. Repito en silencio hasta que la secuencia pierde su orden. No es fácil: el nombre insiste, vuelve con otra voz, con una calma que no le conocía. Le falta un gesto.

Resisto.

Afuera ladran los perros. O eso creo. La marca del vaso aparece otra vez. Más cerca. No recuerdo haberla limpiado.

Pongo la mano encima.

Está tibia.

Respiro.
Algo respira conmigo. 

la lengua de la casa
no dice palabras 
me traga.

13.5.20

Orgullosos de la distancia

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Hay que estar orgullosos de la distancia. La verdad, todo esto me desacomoda del mundo. Todavía no tengo lo que se necesita para apaciguar el odio a lo mediocre, normal y corriente. Y estos días, como lo escribió Vilariño, “el mar no es más que un pozo de agua oscura”. Trato, no estoy seguro de lograrlo, de no abandonar abrumado el encierro, de no hacer trampa. Fuera, tantos merecen nuestro desprecio.

En cuanto alcance el límite de lo soportable, como en el Lobo Estepario de Hesse, no habrá más que abrir la puerta y estaré fuera. Correré a verte. Por ahora, la distancia me regresa a lo básico: escribo nada más para salvarme, nada más para estar cerca tuyo.

Escúchame, te imagino resistiéndote a repetir cada palabra. Sonríe. Allá tú, la delicada en épocas brutales, la sensible, la cálida, la que lo cuenta todo, la valiente, la segura, la loca de la casa, la luz. Acá el frío, el que no cuenta nada, el derrotado, el imprudente, el que no cambia, el desequilibrado. Y, en medio, la distancia. Y a pesar que “el mar no es más que un pozo de agua oscura”, seguimos juntos.

“Creo sinceramente que por alguna unión mística nos hemos convertido en una sola carne; Simplemente estoy enferma, físicamente enferma, sin ti. Lloro; Pongo mi cabeza en el suelo; Me ahogo, odio comer; odio dormir, o ir a la cama … Estoy viviendo en una especie de muerte en vida”, Sylvia Plath.

Cuatro años llevas metida en mi vida, imponíendome ternura. Y precisamente ahora que siento la aniquiladora necesidad de darte las gracias, otra vez, lejos. No durará para siempre la victoria de los infames. Volveremos a tomar las calles, volveremos cínicos a regocijarnos de la poca importancia del mundo. Volveré a repetir que me salvas de la existencia. Te abrazaré. No me importa ser descuidado.

¿Qué recordaremos sobre el encierro? Acaso, los pájaros picoteando los granos de arroz que dejamos en las macetas; el viento encerrado en el corredor que se cola por mi ventana; los cuerpos perdidos, solos en medio de la calle; las lágrimas que inundaron ciudades; el enojo enclaustrado de la injusticia; el miedo de amar mortales; no sé.

Por ahora, solo me cabe una idea: Hay que estar orgullosos de la distancia. “La noche no es profunda, es fría y larga” (Vilariño).  Pensarte y no verte, duele. Lloramos, quizá es el precio de amar en el fin del mundo. Volveremos a estas letras. Pasarán los años. Seguiremos juntos.



24.4.17

[Historia 1] Perdición: Somos legión

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Vamos a suponer que borraste esa foto. Suponer, aunque siga allí escondida entre tantas otras, oculta. Quizá, entonces, todo sería diferente. No tendrías que escapar, día tras día, de ella, no sentirías que te mueres, no tendrías que soportar esos lapsos de llanto incontrolables, dormirías tranquila y tu sonrisa se volvería descuidada, libre. Si no existiera esa foto, si en realidad la hubieras borrado, no te importaría ese momento. Entonces, no correrías el riesgo de ser arrollada cada vez que cruzas una calle y no me hubieras sorprendido esa tarde cuando escribiste: “Me he vuelto la peor versión de mi y no me arrepiento. Él se casará con una plana, una simple, una básica”.

En la mañana, la tristeza es la huella de una historia rota. Fuera la ciudad parece inalterable. Estructuras cimentadas que se desgastan con las corrientes mínimas provocadas por la respiración de sus millones de habitantes. Proyecciones erigidas y despiadadas del pasado. Las ciudades prometen recuerdos. Es nuestra culpa que se conviertan en hoces punzantes, en memoria. Los amores prometen historias infinitas. Es nuestra culpa que se conviertan en una pequeña muerte. Después de todo, como decía Galeano, “pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace”. Es nuestra culpa y por eso duele.

Noche. Tu reflejo en un ventanal. Llevas puesta su camisa y él no aparece en la foto. Así, lo permitiste. Después, todo se detiene. Ausencias atípicas, desconexiones bruscas, dejamos de hablar, nos detenemos, los detestamos, no caemos al suelo pero perdemos el equilibrio para siempre. Qué es el amor sino el equilibrio entre dos opuestos. Querías que se quedara contigo, aún lo quieres. Mal hacemos en nacer cuando ya estamos muriendo. Y ahora, te provocas miedo. Ahora, que prefieres inundarte de cosas por hacer para no pensar en él, para no tomar fuerzas y escribirle: “Tu ilusión inerte de una vida feliz no te dará más que una satisfacción momentánea, no te será suficiente nunca porque también tienes en la mirada la perdición... somos legión”.

Detesto la distancia. No poder sentarnos una tarde cualquiera y permitirnos ser monstruos. Pasarnos las palabras que se nos quedaron enganchadas en la soledad y burlarnos de ellas. Quizá, acompañarte a borrar esa foto. Pero antes, escribir tras de ella la sentencia de Pavese: “los solteros se toman el matrimonio más en serio que los casados”.






23.5.16

Te Necesito

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Así como cuando estamos tristes les dejamos música, hoy que estamos felices les damos el mismo trato :)

20.5.16

Descripción

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Haga un ejercicio de descripción. Café y periódicos desparramados. Una botella de agua en medio de otros papeles. Una carta escrita a mano y un lápiz con el borrador roído. Es medio día y el cielo está despejado. No suelo escribir a esta hora. Una ventana abierta. El olor de las flores del patio. “De la seducción”, de Baudrillard, en el suelo a un lado del escritorio. También poesía y música. Parra, Pizarnik y Plath. También, Extremoduro y Strauss. Siempre quise escuchar un acetato de Extremo. El café se acaba. Una página de acerca del nihilismo de Ernst Jünger se agita con el viento. Otros papeles vuelan del escritorio. Mi piel erizada. Ella, su sonrisa. Su mirada atenta. No hay palabras. Su respiración se sincroniza con la música. Otra vez sonríe de medio lado. Grietas en la pared. El piso frio. Fuera, un perro se enfrenta a otro. Ladridos. Ahora suena Georgina Buho con un cover. Sus manos sobre sus piernas. Antes de ella el mundo palideció por un tiempo. Con ella, los colores desbordan. Un calendario de hace un año. Hace sol pero siento frío. Sus brazos a mi alrededor. Calor. Se me escapa una frase: “me rescatas del mundo”. No hay respuesta. Silencio. Sonreímos. Somos. No hay ninguna otra persona. Solos. Cuatro palabras que empiezan con una “S”. Yo no sé bailar. Su cuerpo junto al mío. Una Coronita Aterciopelada (un picaflor) descansa en las rejas de la ventana. Nos mira, se va. Vuela. Un beso. Repentina contractura de los músculos de mi espalda. Gira. Ella, se sienta sobre mis piernas -me alegra que esta silla de madera resista-. Me mira. Conversamos. El atardecer. No sé qué hora es. Sus ojos cafés. Oscuros. Un lunar en su mejilla izquierda. Aparto el cabello de su rostro. Respiro profundamente. “Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa”. Jünger


Jacko / Fuera


9.2.16

Chao

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¿A quién le gusta cambiarse de casa? A nadie: cosas rotas, recuerdos, incertidumbre, amigos. Si te gusta la nueva casa, las cosas toman un sentido diferente. Pero no hay certeza sobre aquello. Hace 16 años, yo me estaba cambiando de casa. Aborrecía la idea. Mamá estaba enferma. La casa era más pequeña, sin acabados, un solo piso, sin pintura, sin puertas internas, el suelo era cemento, las calles alrededor no estaban asfaltadas, el lodo invadía nuestro patio y nos rodeaba una decena de terrenos baldíos. ¿Cuántas veces me he topado con este recuerdo? No muchas. En vez de aquello, al abrir las memorias de esa época me encuentro con una sensación feliz. ¿Saben cómo se hace feliz a un par de niños? Es fácil: les ofreces compañía incondicional. En este caso, eso fue lo que hicieron un par de pequeñas perritas-amigas que un día se tomaron la casa. 16 años es un largo viaje. Travesuras, locuras, sorpresas, destrucción, juegos, enojos, sustos, risas, ladridos, golpes, baños conjuntos, lamidas, caricias, esos son los recuerdos desde entonces. Y aunque no quisiera que se hubieran acabo nunca, hoy una de ellas no despertó. Por eso hoy escribo esto. Sí. Y es dolor. Es la forma que encuentro para poder expresarlo. La manera que, como una amiga me ha escrito esta mañana, puedo permitirme perderla. No puedo decir que esté de acuerdo, que me guste. Sin embargo, ella se merece ser parte de estas letras y las voces. Gracias. Borges para ti.



No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.

                                                JLB

Chiquita / Jacko

9.11.15

Mentís

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Aquí, conviene hacer algunas distinciones necesarias para: desmitificar la complejidad y evitar confundir con la ficción lo que sólo es un simple aspecto de lo cotidiano. Después de todo, pocas cosas se disipan con tanta facilidad como la sensualidad. Primero: la sensualidad desbordada siempre lo físico; segundo: no existen espacios naturalmente idóneos; y, tercero: se relaciona más con el caos (un lugar saturado y sin orden) que con la sutileza, el orden o la obediencia. De alguna manera, lo sensual, se convirtió en una acción de crisis y mentís. Entonces, que no nos vengan a decir que existe una “sensualidad normal”. Si compramos esa fábula, lo hemos perdido todo.


Jacko / Música 

21.10.15

¡Es cosa hecha!

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-¡Oh señor!- exclamó, dirigiéndose al verdugo. Este caballero que usted encuentra postrado a sus pies, es culpable ¿Verdad?

-¿Acaso importa?- infirió el encapuchado.

-¡Oh señor!, por desgracia, importa y mucho-. Últimamente le he tomado aprecio al hábito de llevar la testa sobre el cuello –se burló-. ¡Escúcheme!, sé bien que nos separa…

-Sí, señor- dijo el verdugo, interrumpiendo al hombre rendido- sin despegar su mirada del filo del hacha y levantando sus hombros, como el panteonero que evita ver el rostro de la viuda. -El caso, señor verdugo, -prosiguió el sentenciado- es que soy inocente, he llegado aquí por atrevimiento y capricho de una mujer.

-También yo sentiría la necesidad de ser inocente frente al cirio- replicó inmediatamente el verdugo.-Qué diferencia haría en mentir al verdugo que me ha sido asignado-, respondió. Todos sabemos que usted está obligando a finalizar mi rabia, no vaya a creer que trato de persuadirlo.

-Bien, no realice movimiento alguno y todo será rápido-, sentenció aquel robusto hombre que sujetaba con una sola mano una sólida hacha. -Ella observa el cumplimiento de la sentencia-, interrumpió. Seguro usted también sentiría terminar aquí por perentorias jugarretas de una dama. El verdugo pareció poner atención al penitente.

-No hay más que hablar, hombre- contestó el encapuchado. Seré el liberador de su amargura, el que borre el padecimiento de su espíritu. No vivirá, pero su alma será aliviada y ennoblecida. A diario formalizo y ejecuto la brusca labor encomendada –refunfuñó- y en ninguna me he visto forzado a compartir palabras.

-¡Pues bien, señor! ¡Corte mi cabeza! ¡Quíteme el dolor y resentimiento, que por ello terminé aquí! Público es que, durante casi 10 años, amé con intensidad poco vista. He vivido hasta aquí convencido de la bondad del amor… no por lo sucedido juzgaré torpemente los gestos dulces. Estoy resuelto a entregar mi existencia si con ello sus ambiciones se cumplen.

-¿Listo?- preguntó el verdugo. ¡Es cosa hecha! ¡No hay más que hablar!

-¡Dios mío! ¡Amigo que pronto te resuelves! Por lo menos, escúchame, mientras agitas ese aparejo. –Qué talento el de esta mujer, dejarme morir aquí-, prosiguió sin prestar atención al movimiento del hacha. –No sabe el padecimiento que me provoca su injusticia-.

-Amigo mío, con mi muerte no encontrará libertad-, lo dijo sin lágrimas en los ojos. –Se entregó a mis contradictores con su petulante alevosía. No es libre…- El rústico artefacto silenció al hombre. No importó. Desde lo alto ella nunca escuchó palabra alguna.

-¿Qué haces aquí holgazán? – bramó el verdugo a un consumido hombre que con ímpetu se arrojó a la escena. –Apúrate pedazo de animal, limpia todo. El infeliz no me ha escuchado y se ha movido en el último segundo-.  

El individuo flaco limpió con cuidado todo el lugar. Nadie se quedó a mirar su labor. Mientras limpiaba repetía: –Ibas a pasarte la vida leyendo esos condenados libros, en vez de cuidar la cabeza. Pero la cuchilla apuró su paso y ahora, en la eterna noche, perderás el tiempo repitiendo los párrafos leídos-.

Silencio.  

Jacko | Cruzar



25.3.12

Flores en la pared

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Flores en las paredes

Frente a esa vieja puerta de madera, quebrada en su perpetuo lumbral, ellos bailaban tomados de sus viejas manos. Los otros, ellos atónitos y desquiciados, miraban el momento aterrorizados por los pasos continuos del tiempo. El viento y su frio roce, provocaba a los espectadores, recordando que su paso es tiempo y el tiempo es muerte.

Nadie atreviese a protestar en memoria del yacente. Cual estética planificada para el momento,  los violines sonaban y todos los otros callados, no porque no quisieran hablar, no porque no les pareciera terrible, sino, porque ellos mismos se sentían parte del baile.

Sus viejas manos en el cuerpo del otro, sus pasos apenas firmes en su edad y esa puerta, la misma puerta, ahora era testigo de este desplante. ¡Puta!, se escuchó desde uno de los invitados, sentado aún en una de las sillas acomodadas en el patio de esta vieja casa de adobe, que se cae.

Y los violines parecieron tocar más fuerte, y no se repitió más la frase, y la pareja siguió bailando alrededor del féretro del esposo de ella a sus pies, a la mirada de todos, callados.

Callados todos que suenan los violines.