22.4.26

Juego por la tarde

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Hay algo en la casa que respira cuando no estoy mirando.

No es un ruido. Es otra cosa. Como si las paredes conocieran tu nombre y se burlaran, muy bajo, lo dijeran hasta gastarlo.

la lengua de la casa
no dice palabras
me traga

Ayer dejé un vaso en la mesa. Hoy estaba tibio. No lo toqué.

Soy una sombra en una trampa que espera un error: una frase sin sentido, una contradicción entre lo que digo y hago, cualquier acto fallido. Lo noto al tomar café, al usar tu pluma, al disolverme en la música. La casa espera ahí. No se apura.

somos memoria
la bulla de la ciudad invade
el sol de mediodía

El sol entra sin pedir permiso. No ilumina: expone.

En la mesa, el vaso ya no está. En su lugar, queda una marca circular, como si alguien hubiera querido borrar algo con torpeza. No recuerdo haber tenido sed.

la casa bebe primero
y después pregunta
qué queda de mí

La ciudad insiste del otro lado, pero su ruido llega deformado, como si atravesara agua. A veces no es la calle la que suena, sino algo que la imita.

Tu pluma escribe sola cuando la dejo. No palabras: variaciones de tu nombre, cada vez más cortas, hasta que ya no es un nombre, sino otra cosa. La sensación de haber dicho algo importante. Pero la boca está cerrada. La lengua, pesada, como si hubiera estado trabajando sola.

En el espejo hay un retraso. No mucho. Lo suficiente.

mi reflejo aprende
antes que yo
a quedarse

La marca del vaso se ha desplazado unos centímetros. No lo suficiente para notarlo de inmediato. Sí lo suficiente para no poder olvidarlo.

Hay un olor nuevo en la casa. No viene de ningún sitio. Algo entre metal tibio y fruta abierta.

alguien respira en mí
con paciencia
como si esperara turno

Cuando intento salir, no encuentro la puerta. No lo digo en voz alta. No todavía.

La casa parece contenerse, pero sé que escuchar es su forma de sentir placer. Decido quitarle ese gozo: me guardaré tu nombre, tus letras, hasta tus silencios. Lo disfrutaré en otro lugar. Sin actos fallidos. Sin sombras. Solo una sonrisa en la cotidianidad: al tender la cama, al lavar los platos, al limpiar la mancha de agua que dejó el vaso.

Pero al sonreír, algo se acomoda.

No en la casa.

En mí.

A pesar de mi silencio, la frase se repite con una voz que no reconozco del todo: le falta un gesto, le sobra calma. Repito tu nombre para guardarlo. No sale igual. Falta una letra. Después otra. Hasta que lo que digo no te nombra y, sin embargo, algo responde.

no era tu nombre
lo que la casa quería
era mi voz

Los perros ladran afuera. O eso creo. Porque el sonido llega tarde, como el espejo, como todo.

La marca del vaso vuelve a aparecer, esta vez más cerca. No recuerdo haberla limpiado. Pongo la mano encima. Está tibia.

Respiro.

Algo respira conmigo.

No se detiene.