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11.4.19

Valió la pena

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También tengo tardes en las que me da rabia la alegría. Momentos en los que soy consciente del dolor provocado por no ser consumido por el odio. Después de todo, la sonrisa de los miserables es tan real que hiere. Y mientras ellos celebran,  yo solo quisiera estar seguro de una cosa: que la alegría valió la pena.



7.4.16

No habrá nadie en el mundo

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21.10.15

¡Es cosa hecha!

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-¡Oh señor!- exclamó, dirigiéndose al verdugo. Este caballero que usted encuentra postrado a sus pies, es culpable ¿Verdad?

-¿Acaso importa?- infirió el encapuchado.

-¡Oh señor!, por desgracia, importa y mucho-. Últimamente le he tomado aprecio al hábito de llevar la testa sobre el cuello –se burló-. ¡Escúcheme!, sé bien que nos separa…

-Sí, señor- dijo el verdugo, interrumpiendo al hombre rendido- sin despegar su mirada del filo del hacha y levantando sus hombros, como el panteonero que evita ver el rostro de la viuda. -El caso, señor verdugo, -prosiguió el sentenciado- es que soy inocente, he llegado aquí por atrevimiento y capricho de una mujer.

-También yo sentiría la necesidad de ser inocente frente al cirio- replicó inmediatamente el verdugo.-Qué diferencia haría en mentir al verdugo que me ha sido asignado-, respondió. Todos sabemos que usted está obligando a finalizar mi rabia, no vaya a creer que trato de persuadirlo.

-Bien, no realice movimiento alguno y todo será rápido-, sentenció aquel robusto hombre que sujetaba con una sola mano una sólida hacha. -Ella observa el cumplimiento de la sentencia-, interrumpió. Seguro usted también sentiría terminar aquí por perentorias jugarretas de una dama. El verdugo pareció poner atención al penitente.

-No hay más que hablar, hombre- contestó el encapuchado. Seré el liberador de su amargura, el que borre el padecimiento de su espíritu. No vivirá, pero su alma será aliviada y ennoblecida. A diario formalizo y ejecuto la brusca labor encomendada –refunfuñó- y en ninguna me he visto forzado a compartir palabras.

-¡Pues bien, señor! ¡Corte mi cabeza! ¡Quíteme el dolor y resentimiento, que por ello terminé aquí! Público es que, durante casi 10 años, amé con intensidad poco vista. He vivido hasta aquí convencido de la bondad del amor… no por lo sucedido juzgaré torpemente los gestos dulces. Estoy resuelto a entregar mi existencia si con ello sus ambiciones se cumplen.

-¿Listo?- preguntó el verdugo. ¡Es cosa hecha! ¡No hay más que hablar!

-¡Dios mío! ¡Amigo que pronto te resuelves! Por lo menos, escúchame, mientras agitas ese aparejo. –Qué talento el de esta mujer, dejarme morir aquí-, prosiguió sin prestar atención al movimiento del hacha. –No sabe el padecimiento que me provoca su injusticia-.

-Amigo mío, con mi muerte no encontrará libertad-, lo dijo sin lágrimas en los ojos. –Se entregó a mis contradictores con su petulante alevosía. No es libre…- El rústico artefacto silenció al hombre. No importó. Desde lo alto ella nunca escuchó palabra alguna.

-¿Qué haces aquí holgazán? – bramó el verdugo a un consumido hombre que con ímpetu se arrojó a la escena. –Apúrate pedazo de animal, limpia todo. El infeliz no me ha escuchado y se ha movido en el último segundo-.  

El individuo flaco limpió con cuidado todo el lugar. Nadie se quedó a mirar su labor. Mientras limpiaba repetía: –Ibas a pasarte la vida leyendo esos condenados libros, en vez de cuidar la cabeza. Pero la cuchilla apuró su paso y ahora, en la eterna noche, perderás el tiempo repitiendo los párrafos leídos-.

Silencio.  

Jacko | Cruzar



16.10.15

Permítete ser malo

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Yo no sabía en ese momento que la última vez que la iba a ver era esa noche. Recién ahí, cuando descubrí su ausencia, me di cuenta de que se anularon las contingencias. Cierra los ojos, imagina su rostro. Permítete ser malo. Admite esa necesidad humana de reprocharle. Para. No lo hagas, acomódate tienes que acostumbrarte a su deserción. Nos marchamos. Continúanos. El tiempo será siempre la mejor forma de medir la distancia. No detengas el reloj. Recuerda. Una tarde sí que estaba mal. Probablemente te hayas imaginado que estaría bien. Te equivocas.

Estas acá, espero no vengas a saludar. Yo no quería estar, pero estoy.  Hay que ser de una madera especial para bancarse esto: la derrota y el olvido. Porque una cosa es ser quien recuerdas que soy; pero otra muy distinta es ser una persona común, como vos o como yo, que sintió el tiempo y que de golpe despertó para ver en lo que se había convertido. 

Jacko | Noche 

12.10.15

Solo en el exilio

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Siempre llego acá disfrazado de letras. Disfrazado, pensado, estampado, cortado, amputado, oculto, arbitrario y manipulado. Llego, pues, también me es indispensable creer. Hoy, sin embargo, he venido desarticulado.  Desprovisto de cualquier intención estética o sensible. He llegado, de alguna forma, porque no tengo a dónde más ir. Entonces, antes que llegar, me han traído. Quizá pueda sacar provecho y  acá divida un poco la duda que me asalta. ¿Se puede seguir viviendo?


“Ir al exilio no es nada. Volver de allá es atroz” escribió Pavese (tanto Pavese como Vila han ocupado largas horas de mi vida en estos últimos días). Ya ha pasado un tiempo, desde la primera vez que decidí irme. Hoy, luego del regreso, se ha vuelto insostenible la angustia. Quiero volver a irme. No puedo. Tengo que quedarme. Y me he quedado. Entonces, un día me despierta un llanto desconsolado. Me parece comprensible. No existe otra forma de aceptar la muerte. Y si algo nos queda claro, como sostiene Sontag, es que hablar de cáncer es siempre hablar sobre la muerte. Se me ocurre: ¡Qué poco sabemos del cáncer!

Quiero irme. Me parece que no se puede seguir viviendo. Acá todos sufren. Y aunque  “buscamos siempre el lado inmóvil del tiempo”, como lo caracteriza Vila, lo cierto es que avanzamos deslumbrados al desmoronamiento. Nadie entiende por completo la soledad hasta que se enfrenta a la exclusión voluntaria de todos. Cuando llegas a ese punto, sabes que necesitas que alguien cuide de ti. Lo sé. No me interesa.


Me quiero ir. Así como Kassim, de Quiroga, se permitió esperar un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente  inmóvil, se retiró sin ruido. Así me quiero ir, cerrando cuidadosamente la puerta. Estoy seguro, acá ya no se puede seguir viviendo. 

Jacko | Solo en el exilio 

21.9.15

No lo haga

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No la abandone, será un error. Se fue. Evite controlar el miedo a perderlo todo. Evite considerar lo –que usted cree es - correcto. No se vaya a dormir, será totalmente infructuoso. Hoy, por momentos, la extrañará. Será un error. Aférrese a lo correcto, es lo único que le queda. Luche contra la rabia que lo invade. No trate de entenderla. No recuerde sus palabras, no tiene sentido. No todo fue mentira. No comparta el dolor, sea egoísta con sus dudas. Olvide su nombre, su estatura, sus demonios, sus errores, sus virtudes, sus mentiras, sus miedos y sus ojos. Olvídala toda, es posible. Viva. 

Jacko

8.8.15

Error

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Está mal lo que voy a hacer. Rechazar la importancia de la sonrisa. Cada día, despertamos y nos volvemos a convencer de que las reglas del mundo están bien. Escondemos las heridas, respiramos profundo, tomamos algo caliente, vemos nuestro reflejo y caminamos por la calle. Allí, todos somos iguales. Nos inundan, nos fuerzan, nos llevan con ellos y nos exigen sonreír.  Nos molesta. No comprendo cómo sobrevivimos a una vida en la que se busca, casi inmediatamente, clausurar el dolor. Cómo aceptamos un mundo en el que alguien más nos dice el tiempo que debe -así en imperativo, ¡debe!- durar la pena. Y sí, me refiero a esos procedimientos de injerencia en la tristeza, a aquellos modos disfrazados de bondad que nos obligan a encubrir los destrozos con una sonrisa. Entonces, un día te despiertas, miras el vapor de tu respiración en el aire, te mojas la cara, cubres tus ojos con tus manos y te vence la angustia, lloras. Ya no te parece que las reglas estén bien.

[Nunca quise obligarte a la sonrisa. Solo quería darte la mano, así es más fácil llevar el peso.]


Jacko


3.8.15

Adivíname

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A veces no sobrevivimos. Estoy en una oficina todo el día. Acá el clima es incomprensible: acá, quizá sea yo, no se comprende nada. Escucho a todos, siempre hay argumentos a favor y contra; creativos y aburridos. Tengo la alucinación de haberlo escuchado todo, estoy harto, desolado. No termino ningún libro que comienzo, busco un argumento que me libere. No lo encuentro. Que desperdicio esto de aniquilarse lento. ¡Basta! Por mi piel se restriega un recuerdo, lo desprendo, lo miro fijamente a los ojos, me permito la ira, el descontrol y lo envuelvo como un pequeño rollo y lo dejo en una vereda por la cual nadie marcha. No importa cuánto nos aferremos, al final no sobrevivimos. 

Adivíname / Jacko

15.7.15

Maldito

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No tardó mucho en reconocerse como un maldito. El final de la narración podría ser ese. Un final que no se detiene en la complementariedad de lo bueno y lo malo, que no lo expía de ninguna de sus palabras, que lo entrega –de alguna forma- consciente de sus acciones y que, sobre todo, le impide –tanto al lector como a él- sucumbir a la tentación alegórica de la memoria. Vamos sin misericordia.

Su maldición había logrado colarse disfrazada de fortuna. Después de todo, así es como nos llega al 90% de nosotros. Un día te levantas, te cambias, te vas, te crees próspero y ya no regresas con la felicidad encima. No importa el tiempo que pase o los recuerdos que cargues, todos los años vividos y los que están por venir se resumirán únicamente a esas 24 horas que lo perdiste todo. Pero a él tan temprano como le llegó la conciencia de su pesadumbre, también lo invadió una inteligencia limpia de vanidad. Lastimosamente, es bien conocido por todos que toda agudeza intelectual o sensible hunde más a su propietario en la recóndita esencia de una existencia injusta.


Solo ahora advierto, mientras repaso todas las palabras, que a pesar de su insistencia por la importancia de excederse en la distancia, se sentía solo. Y aunque logró con éxito evadir esa sensación por muchos años, entregándose a la compañía de una mujer a quien amó con toda la profundidad que pudo encontrar, no logró librarse de ella. Ahora al final se reconoce maldito.

31.3.13

El origen de los colores

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El origen de los colores



Esas mujeres son las que prefiero yo. Aquellas que van enamorando en su camino y que están seguras de sentir la libertad tan fuerte como el viento en sus rostros. Ellas que no encuentran ningún paralelo que las detenga o cielo que las asuste -ni en compañía, ni en soledad-. Esas mujeres de cabello alborotado y sonrisa gigante. Las que durmieron en lugares inimaginados porque están seguras que persiguen un sueño. Las que saben que no existe un sitió único para su vida. Las que buscan el amor y lo encuentran -muchas veces- solo en la literatura. Ellas que memorizaron a Cervantes y Nietzsche, que cantan sin saber cantar, que bailan solas y que no temen amar son las mujeres que no olvido.

Entonces, cómo detener sus presencias si están tan estrechamente vinculadas con sus necesarias ausencias. Al final, sólo nos quedará la sombra de sus zapatos gastados, medias rotas, caricias, besos y despedidas. Para que cuando vayamos avanzando en nuestros propios caminos podamos reconocer su paso y nos tomemos 5 minutos para recordarnos en ellas.

Sin embargo -estoy seguro- volveremos a encontrarnos en alguna vieja calle de esos lugares despegados del mundo. Y no despertaremos de la sorpresa de la misma sonrisa, ojos y magia grabados en el recuerdo. Ellas nos contarán sus vidas, nos dirán sus penas, escucharán nuestras caricias y luego se volverán a ir, sólo que esta vez no las volveremos a ver y la vida será tan insuficiente que acudiremos a la mentira de la imaginación. Mientras tanto, ellas seguirán vitales, valientes y fuertes inventando más mundos.      

La isla congelada / Jacko


2.9.12

Toc, toc, toc

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Toc, toc, toc... 
Pasaba recostado toda la tarde escuchando el mismo blues y contando los rayos de sol que escapaban de su persiana. El ritmo solía evitar el enojo, la voz lo hacía sentirse acompañado y la letra, siempre la misma letra, le hacía sentirse capaz de diferenciar todos sus mundos. Habíase convertido en un vagabundo dentro de su habitación. 
El primer día de su encierro estuvo lleno de valentía. Tomó sus zapatillas con furia, las abanicó sobre su cabeza -disfrutaba el viento en su cara-, abrió con su mano más inútil la ventana y las arrojó con tal fuerza que fueron a parar al coco del dacia 94 que estaba parqueado en frente. Poco tiempo después, una multitud aglutinada al filo de su ventana, confundida, exclamaba gritos incoherentes sobre él. Sin embargo, su interés era percibir el aroma del fin del día. En la casa, al otro lado de su puerta, los sonidos se hacían cada vez más comunes. En ocasiones se escuchaba así mismo, en otras escuchaba a todos y luego la ausencia de su voz, pero los sonidos no paraban. 
Los harapos a un lado de la habitación, sus excreciones al otro y él tan quieto. Algunos días pasaron desde su audaz decisión, para entonces ya no llevaba ropa consigo y había descubierto lo bueno que resultaba tener un árbol de sandías fuera de su ventana. 
Jacko/ Perdernos en la imaginación
Los tanques de guerra de la dictadura recorrían las calles, los cuerpos eran arrojados a los filos de las veredas y batallones completos de militares bailaban por las noches bajo los pocos focos útiles que quedaban. 
Espigas de trigo volaron por su habitación, atrapó una y la sujeto frente a sus ojos hasta que su mirada lo llevara a ese eterno paisaje que lo liberó de los perros hambrientos de carne. 

La puerta sonó.