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13.7.25

La libertad de perder

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 Me escribe:

“¿Por qué no perder?”

Mire, amigo: si ganar siempre fuera sinónimo de felicidad, entonces los más felices del mundo serían los banqueros, los poderosos, los políticos que se auto convencen día a día. Y sin embargo, allí está: un cansancio invisible. Una angustia que tratan de esconder con aplausos y sonrisas.

Cima de la cumbre,
descubro que no era ahí
donde estaba yo.

Nos han hecho creer que perder es fracasar. Que todo aquel que no se lleva el premio, la vida perfecta, los aplausos, está condenado. Nos vuelven temerosos de la crítica, del juicio de los que no se animan a empezar. Pero resulta que los márgenes son los únicos espacios donde podemos detenernos a pensar. Donde no se exige correr, competir ni sonreír. Perder, cuando uno no se resiste, se vuelve un refugio inesperado: lo aleja del ruido, del juicio ajeno, y le permite reconstruirse sin obligación de rendir cuentas.

¿No ha notado que cuando uno pierde algo también gana distancia? Y con la distancia, aparece el pensamiento distinto. La mirada nueva. La oportunidad de no seguir el mismo camino sólo porque todos lo siguen.

Bajo la derrota,
un sendero que no vi
me llama en silencio.

Me dirá usted: “¿Y si duele?”
Por supuesto que duele. Toda liberación duele. Hasta las alas cuando brotan deben romper la piel. Perder es: una herida necesaria. 

El peso cedió.
Mi sombra se va sola.
Quedo más liviano.

¿Sabe cuándo uno se vuelve verdaderamente libre? Cuando deja de ganar porque se debe ganar. Cuando ya no quiere vivir en función de la validación ajena. Cuando se permite perder aquello que no le representa, que no le emociona, que no le pertenece. Ahí comienza la libertad: en dejar ir, en aceptar la pérdida no como tragedia, sino como tránsito.

Lo que se cayó
no era parte de mi ser.
Solo envoltorio.

Ganar está sobrevalorado. Lo importante es no traicionarse mientras se pierde. 

Por eso amigo: “¿Por qué no perder?”.

En lo que perdí
descubrí que lo que soy
no se pierde nunca.




 

20.8.16

La sonrisa más linda

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"Un día voy a morir, mis viejos van a morir, mi hermano se va a morir, y nunca, pero nunca más vamos a volver a estar vivos", Fabián Casas
La silla, en la que ella extiende sus piernas para llegar al sol, fue su refugio, pero ya no. Ahora prefiere recostarse a la leve sombra que le otorgan las flores de un pequeño jardín. Prefiere que su refugio sea público, expuesto. Cuando se recuesta allí, sin comodidad, dice que la invade una sensación embriagadora de caer, de la derrota. Suena el teléfono. Al otro lado, su madre. Ella no sonríe, habla con prisa. Respuestas cortas. Se despide, sonríe y continuamos. "Es que a ella la quiero mucho, pero me llama en cada instante. Siempre el peor. El otro día me sorprendió en una salida, no la quería contestar pero se enoja mucho. Sabes, siempre paso bochornos para que me diga lo mismo: cuídate, come, arrópate y descansa". Mira el celular, un iPhone, la imagen en la pantalla es una foto de ella y su mamá. Sabe que un día su mamá se va a morir y que, entonces, se va a querer morir con ella. Pero por ahora eso no la molesta.

Jenny (nombre ficticio) es lo más parecido a la brisa del amanecer en un lugar cálido. "Soy ligera", en efecto su paso invade de un aire fresco el lugar. "Eso me lo dejó la danza", asegura. Caminamos, faltan pocos minutos para las 21H30, estamos en el centro de la ciudad. A cada paso, demuestra -una y otra vez- como la vergüenza no la embriaga. Siempre sonríe. Sonríe incluso luego de tropezar en la vereda, mientras simula pasos de baile, en su esfuerzo por explicarme que: "a la vida no hay que temerla, ni tomarla en serio". Esa oración la repetiría al menos 15 veces durante la noche. Ahora es profesora. Dicta clase en dos colegios. Me cuenta sobre las declaraciones de amor, una más increíble que otra, de sus estudiantes. Jenny tiene 24 años. Sus alumnos son apenas adolescentes. Ella se ríe. No los toma en serio. "Allá me esfuerzo por ser la profe mala, la brava, la loca". Y esta loca. Lleva esa locura linda.

¿Cómo soportas un golpe así? Así se recibe un golpe -de frente-, el silencio de su madre a un lado de la cocina y ella parada, firme, sin tiempo para levantar sus brazos. La rabia: un golpe. Los gritos de él, los ojos fríos que la observan, el llanto de su hermana menor, un plato en el suelo. El dolor en la mandíbula: un golpe. Jenny, en el suelo, abre los ojos, sus manos en su cara, su mandíbula apretada, escucha crujir sus dientes, la huella en su piel del impacto del golpe, lágrimas, ira. Su madre: un golpe. Escuchará, una y otra vez, la voz de su madre que le reclama por enfrentarse a su padrastro y sentirá que se le rompe el corazón. Un día, esta noche, llegará hasta un balcón de una casa vieja, en la que acordamos esta entrevista, y dirá, por primera vez, que ya no quiere a su madre. Que esta sola. Que no sabe cómo soportar este golpe.

Todavía vive en esa casa. Sonríe.

-Y esa sonrisa?
-Quizás una estrategia. Como si no necesitara entristecerme.

Jacko / Centro de la ciudad

20.5.16

Descripción

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Haga un ejercicio de descripción. Café y periódicos desparramados. Una botella de agua en medio de otros papeles. Una carta escrita a mano y un lápiz con el borrador roído. Es medio día y el cielo está despejado. No suelo escribir a esta hora. Una ventana abierta. El olor de las flores del patio. “De la seducción”, de Baudrillard, en el suelo a un lado del escritorio. También poesía y música. Parra, Pizarnik y Plath. También, Extremoduro y Strauss. Siempre quise escuchar un acetato de Extremo. El café se acaba. Una página de acerca del nihilismo de Ernst Jünger se agita con el viento. Otros papeles vuelan del escritorio. Mi piel erizada. Ella, su sonrisa. Su mirada atenta. No hay palabras. Su respiración se sincroniza con la música. Otra vez sonríe de medio lado. Grietas en la pared. El piso frio. Fuera, un perro se enfrenta a otro. Ladridos. Ahora suena Georgina Buho con un cover. Sus manos sobre sus piernas. Antes de ella el mundo palideció por un tiempo. Con ella, los colores desbordan. Un calendario de hace un año. Hace sol pero siento frío. Sus brazos a mi alrededor. Calor. Se me escapa una frase: “me rescatas del mundo”. No hay respuesta. Silencio. Sonreímos. Somos. No hay ninguna otra persona. Solos. Cuatro palabras que empiezan con una “S”. Yo no sé bailar. Su cuerpo junto al mío. Una Coronita Aterciopelada (un picaflor) descansa en las rejas de la ventana. Nos mira, se va. Vuela. Un beso. Repentina contractura de los músculos de mi espalda. Gira. Ella, se sienta sobre mis piernas -me alegra que esta silla de madera resista-. Me mira. Conversamos. El atardecer. No sé qué hora es. Sus ojos cafés. Oscuros. Un lunar en su mejilla izquierda. Aparto el cabello de su rostro. Respiro profundamente. “Así como se dice que una cosa dura porque su existencia es inadecuada a su esencia, hay que decir que lo femenino seduce porque nunca está donde se piensa”. Jünger


Jacko / Fuera


7.4.16

No habrá nadie en el mundo

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27.1.16

Sonrisas bonitas

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Vivo. La noche tibia, libros, una mariposa que choca contra un foco, el cielo oscuro, Canetti desordenando, música a lo lejos y yo, tratando de escribir,  ¿Cómo se describe una sonrisa? Solo, la necesidad de encontrar a Pavese, el recuerdo del escribiente, Quiroga, Arlt y Pizarnik. Me incomoda no poder describirla. La prepotencia de la vibración del celular, el olor a claveles, los claveles en la mesa que dejó mi madre, Verdi y el sonido de los autos en la calle. Su irreverencia, sus manos en mi rostro. “Habla memoria, pero no digas todo” de Comadira, también teoría, periódicos, el viento en mis pies, una ventana abierta, la computadora en mis piernas, debo levantarme por café. Ella, la dulzura, el recuerdo, el momento inesperado, su calma, mi calma, desconocidos completamente. Yo, invadido por la felicidad, una amiga -una buena amiga- se rinde a la literatura, mensajes sobre Rosa Montero, letras, mi reflejo en la pantalla frente a mi cama –la cama que perteneció en su juventud a mi padre-, mi mano sobre mi barba. Un correo electrónico URGENTE, otra vez la noche oscura. Un solo nombre para cada letra, una uve -que se dibuja en su labio superior- se destaca en su sonrisa, los labios separados, su blusa verde que no la opaca, su dulzura, felicidad y atrevimiento. ¡Hay sonrisas bonitas! 

21.10.15

¡Es cosa hecha!

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-¡Oh señor!- exclamó, dirigiéndose al verdugo. Este caballero que usted encuentra postrado a sus pies, es culpable ¿Verdad?

-¿Acaso importa?- infirió el encapuchado.

-¡Oh señor!, por desgracia, importa y mucho-. Últimamente le he tomado aprecio al hábito de llevar la testa sobre el cuello –se burló-. ¡Escúcheme!, sé bien que nos separa…

-Sí, señor- dijo el verdugo, interrumpiendo al hombre rendido- sin despegar su mirada del filo del hacha y levantando sus hombros, como el panteonero que evita ver el rostro de la viuda. -El caso, señor verdugo, -prosiguió el sentenciado- es que soy inocente, he llegado aquí por atrevimiento y capricho de una mujer.

-También yo sentiría la necesidad de ser inocente frente al cirio- replicó inmediatamente el verdugo.-Qué diferencia haría en mentir al verdugo que me ha sido asignado-, respondió. Todos sabemos que usted está obligando a finalizar mi rabia, no vaya a creer que trato de persuadirlo.

-Bien, no realice movimiento alguno y todo será rápido-, sentenció aquel robusto hombre que sujetaba con una sola mano una sólida hacha. -Ella observa el cumplimiento de la sentencia-, interrumpió. Seguro usted también sentiría terminar aquí por perentorias jugarretas de una dama. El verdugo pareció poner atención al penitente.

-No hay más que hablar, hombre- contestó el encapuchado. Seré el liberador de su amargura, el que borre el padecimiento de su espíritu. No vivirá, pero su alma será aliviada y ennoblecida. A diario formalizo y ejecuto la brusca labor encomendada –refunfuñó- y en ninguna me he visto forzado a compartir palabras.

-¡Pues bien, señor! ¡Corte mi cabeza! ¡Quíteme el dolor y resentimiento, que por ello terminé aquí! Público es que, durante casi 10 años, amé con intensidad poco vista. He vivido hasta aquí convencido de la bondad del amor… no por lo sucedido juzgaré torpemente los gestos dulces. Estoy resuelto a entregar mi existencia si con ello sus ambiciones se cumplen.

-¿Listo?- preguntó el verdugo. ¡Es cosa hecha! ¡No hay más que hablar!

-¡Dios mío! ¡Amigo que pronto te resuelves! Por lo menos, escúchame, mientras agitas ese aparejo. –Qué talento el de esta mujer, dejarme morir aquí-, prosiguió sin prestar atención al movimiento del hacha. –No sabe el padecimiento que me provoca su injusticia-.

-Amigo mío, con mi muerte no encontrará libertad-, lo dijo sin lágrimas en los ojos. –Se entregó a mis contradictores con su petulante alevosía. No es libre…- El rústico artefacto silenció al hombre. No importó. Desde lo alto ella nunca escuchó palabra alguna.

-¿Qué haces aquí holgazán? – bramó el verdugo a un consumido hombre que con ímpetu se arrojó a la escena. –Apúrate pedazo de animal, limpia todo. El infeliz no me ha escuchado y se ha movido en el último segundo-.  

El individuo flaco limpió con cuidado todo el lugar. Nadie se quedó a mirar su labor. Mientras limpiaba repetía: –Ibas a pasarte la vida leyendo esos condenados libros, en vez de cuidar la cabeza. Pero la cuchilla apuró su paso y ahora, en la eterna noche, perderás el tiempo repitiendo los párrafos leídos-.

Silencio.  

Jacko | Cruzar



16.10.15

Permítete ser malo

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Yo no sabía en ese momento que la última vez que la iba a ver era esa noche. Recién ahí, cuando descubrí su ausencia, me di cuenta de que se anularon las contingencias. Cierra los ojos, imagina su rostro. Permítete ser malo. Admite esa necesidad humana de reprocharle. Para. No lo hagas, acomódate tienes que acostumbrarte a su deserción. Nos marchamos. Continúanos. El tiempo será siempre la mejor forma de medir la distancia. No detengas el reloj. Recuerda. Una tarde sí que estaba mal. Probablemente te hayas imaginado que estaría bien. Te equivocas.

Estas acá, espero no vengas a saludar. Yo no quería estar, pero estoy.  Hay que ser de una madera especial para bancarse esto: la derrota y el olvido. Porque una cosa es ser quien recuerdas que soy; pero otra muy distinta es ser una persona común, como vos o como yo, que sintió el tiempo y que de golpe despertó para ver en lo que se había convertido. 

Jacko | Noche 

12.10.15

Solo en el exilio

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Siempre llego acá disfrazado de letras. Disfrazado, pensado, estampado, cortado, amputado, oculto, arbitrario y manipulado. Llego, pues, también me es indispensable creer. Hoy, sin embargo, he venido desarticulado.  Desprovisto de cualquier intención estética o sensible. He llegado, de alguna forma, porque no tengo a dónde más ir. Entonces, antes que llegar, me han traído. Quizá pueda sacar provecho y  acá divida un poco la duda que me asalta. ¿Se puede seguir viviendo?


“Ir al exilio no es nada. Volver de allá es atroz” escribió Pavese (tanto Pavese como Vila han ocupado largas horas de mi vida en estos últimos días). Ya ha pasado un tiempo, desde la primera vez que decidí irme. Hoy, luego del regreso, se ha vuelto insostenible la angustia. Quiero volver a irme. No puedo. Tengo que quedarme. Y me he quedado. Entonces, un día me despierta un llanto desconsolado. Me parece comprensible. No existe otra forma de aceptar la muerte. Y si algo nos queda claro, como sostiene Sontag, es que hablar de cáncer es siempre hablar sobre la muerte. Se me ocurre: ¡Qué poco sabemos del cáncer!

Quiero irme. Me parece que no se puede seguir viviendo. Acá todos sufren. Y aunque  “buscamos siempre el lado inmóvil del tiempo”, como lo caracteriza Vila, lo cierto es que avanzamos deslumbrados al desmoronamiento. Nadie entiende por completo la soledad hasta que se enfrenta a la exclusión voluntaria de todos. Cuando llegas a ese punto, sabes que necesitas que alguien cuide de ti. Lo sé. No me interesa.


Me quiero ir. Así como Kassim, de Quiroga, se permitió esperar un momento; y cuando el solitario quedó por fin perfectamente  inmóvil, se retiró sin ruido. Así me quiero ir, cerrando cuidadosamente la puerta. Estoy seguro, acá ya no se puede seguir viviendo. 

Jacko | Solo en el exilio 

3.7.15

Despertar

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No sabemos perdernos, vaya incapacidad. Vivimos obligados a los recuerdos. Entonces uno despierta un día, no se reconoce y trata de convencerse que sigue siendo el mismo. Sales, caminas y te despistas de aquella voz en tu cabeza que te grita que te vayas, que no eres de acá. Entonces sonríes, te frunces, te desesperas, respiras y saludas al primer conocido que encuentras. Y aunque el dolor te inunde te quedas allí, quieto con la mirada atenta y una expresión amigable escuchándolo. Finges que te interesa, abalas lo que dice, le dedicas un par de palabras, le das la razón y te vas.  No se trata de ignorar a los que te rodean, se trata de ignorarse a uno mismo. Y justo cuando empiezas a olvidarte de las ausencias, te asalta un recuerdo y regresas, te convences de que sigues existiendo, que todo va bien, que pudiese ser peor y caminas. Pero el segundo antes de cruzar la calle pasa un bus, de esos de los años 90, y quieres embarcarte y perderte. Quieres. Al final no te has ido, sigues, llegas y sigues.      


25.2.13

Una historia de terror

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 Hablo y no entiendo nada de lo que digo. Las palabras salen como insectos borrachos: elogios torcidos, bromas que no recuerdo haber pensado, perros que se muerden la cola. Tú me miras con esa media sonrisa que parece aburrida pero no lo está. El mundo, en cambio, traduce por mí. Donde digo “clima extraño”, el aire susurra te deseo. Donde digo “neblina”, las paredes devuelven te extraño. Incluso el reloj conspira contra mi afasia y anuncia “me quedo” cuando yo dije, claramente, “me tengo que ir”.

Me respondes con frases normales, peligrosamente normales, y eso es lo inquietante. Cada sílaba tuya cae en su sitio exacto, como si dominaras este idioma secreto que me vuelve incomprensible para mí mismo. Las lámparas se inclinan para escucharte. Mi sombra se adelanta y se posa sobre la tuya, descarada, me traiciona. Yo digo que no podemos ser, y el mundo se ríe: los borrachos brindan solos, el suelo late, algo en tus ojos me busca.


Intento ser gracioso. El mundo me hace sonar valiente. Intento ser irónico. El mundo me vuelve cuerdo. Digo que estoy bien solo y una grieta se abre en la frase. Tú ríes, y por un segundo creo que la risa va a morderme, a recorrerme el pecho, a darme una excusa para tocarte; pero yo digo cariño, como quien se quema la lengua a propósito.


Te levantas, demasiado cerca. Por un segundo creo que vas a tocarme. No lo haces. No hace falta. Ya entendiste todo. Sales, y el silencio me concede una tregua breve, incómoda. Entonces comprendo el horror —el más divertido de todos—: no es que el mundo me entienda… es que se divierte traduciéndome para ti.


Solo me queda una salida: engañar al mundo. Asiento con la cabeza, uso frases cortas, silencios estratégicos. Digo cosas neutras, de manual, esperando volverme invisible. Pero el mundo está atento; no piensa perderse la oportunidad de torturarme con precisión.


Pruebo otra táctica: exagero. Me vuelvo absurdo. Lanzo chistes malos, de esos que deberían arruinar cualquier clima. El mundo los corrige. Donde hago humor torpe, él agrega insinuación. Donde me escondo, él prende la luz. Acerca mi voz a tu oído aunque estés lejos. Quiero decir “no podemos ser”, pero el todo obstinado lo subtitula: dejaría el recuerdo del resto de mis palabras grabado en tu espalda.


Entonces hago trampa. Descarado, digo: “Quiero seducirte”. Plano. Sin poesía. Error. El mundo se relame. Me convierte en misterio, en amenaza suave, en posibilidad prohibida. Tú sonríes como si acabaras de leer una línea que yo no recuerdo haber dicho.


Ahora no sé cómo cerrar este texto. El mundo me quita el punto final y lo guarda. Me deja hablando. Me deja deseando. Me convierte en uno de esos tipos comunes que digo despreciar. Tú te vas, pero ese todo malvado se queda conmigo, satisfecho.






2.9.12

Toc, toc, toc

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Toc, toc, toc... 
Pasaba recostado toda la tarde escuchando el mismo blues y contando los rayos de sol que escapaban de su persiana. El ritmo solía evitar el enojo, la voz lo hacía sentirse acompañado y la letra, siempre la misma letra, le hacía sentirse capaz de diferenciar todos sus mundos. Habíase convertido en un vagabundo dentro de su habitación. 
El primer día de su encierro estuvo lleno de valentía. Tomó sus zapatillas con furia, las abanicó sobre su cabeza -disfrutaba el viento en su cara-, abrió con su mano más inútil la ventana y las arrojó con tal fuerza que fueron a parar al coco del dacia 94 que estaba parqueado en frente. Poco tiempo después, una multitud aglutinada al filo de su ventana, confundida, exclamaba gritos incoherentes sobre él. Sin embargo, su interés era percibir el aroma del fin del día. En la casa, al otro lado de su puerta, los sonidos se hacían cada vez más comunes. En ocasiones se escuchaba así mismo, en otras escuchaba a todos y luego la ausencia de su voz, pero los sonidos no paraban. 
Los harapos a un lado de la habitación, sus excreciones al otro y él tan quieto. Algunos días pasaron desde su audaz decisión, para entonces ya no llevaba ropa consigo y había descubierto lo bueno que resultaba tener un árbol de sandías fuera de su ventana. 
Jacko/ Perdernos en la imaginación
Los tanques de guerra de la dictadura recorrían las calles, los cuerpos eran arrojados a los filos de las veredas y batallones completos de militares bailaban por las noches bajo los pocos focos útiles que quedaban. 
Espigas de trigo volaron por su habitación, atrapó una y la sujeto frente a sus ojos hasta que su mirada lo llevara a ese eterno paisaje que lo liberó de los perros hambrientos de carne. 

La puerta sonó. 
  

 

4.8.12

Incendio, silencio, absurdo, grieta

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Duermes a la misma hora.
No hay deseo.
Afuera caen libres,
atraídos por el vacío.


Duermes a la misma hora.
No duele.
No hay riesgo.
Una sonrisa — recuerdas.
Te calmas.
Cierras los ojos.


Duermes a la misma hora.
Hay otro cuerpo.
La cercanía no produce incendio.


Duermes a la misma hora.
No vuelas.
Ya no sueñas con lanzarte al abismo. 





25.3.12

Inmóvil

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Tu espalda es una línea que no termina.
La observo al cerrar los ojos,
como quien recuerda una palabra
susurrada con los labios pegados a la piel.

No te toco.

Hay una distancia mínima.
Una frontera.

Quémame la boca
y retrocede.

Que el silencio
nos ahogue.

Podría atravesarlo.
Una época en el infierno.

La distancia —
una respiración contenida—

No te nombro.

La necesidad.
Tu clavícula.

Inmóvil.

Pero estas letras —
esas traidoras—
saltan,
se queman.

Fuego.