Para Tólstoi, envejecer pudo significar retirarse de la vida. Vivíamos todos en el mismo cuarto, dos camas conjuntas en menos de cinco metros de ancho, una ventana pequeña que daba a una maceta. Éramos cuatro. El baño quedaba fuera, en el patio. La regadera estaba sobre el retrete. En la pared manchas que parecían animales, plantas, nubes. En esa casa, fue la primera vez que pensé en la vejez. Tenía doce años. Un niño. Envejecer era la noche total, la certeza de habernos perdido algo. Detenernos, obligadamente. "Cuesta bastante trabajo creer/ En un dios que deja a sus criaturas / abandonadas a su propia suerte / A merced de las olas de la vejez / Y de las enfermedades / Para no decir nada de la muerte", Nicanor Parra. A los doce años, crees que te lo estás perdiendo todo. Pese a recordarlo, no sé cuándo decidí que la vejez es inmovilizarte, encerrarte, confinarte. Así, con el dativo “te”. Es, como lo escribió Neruda, “Yo no creo en la edad./ Todos los viejos / llevan / en los ojos / un niño, / y los niños / a veces / nos observan / como ancianos profundos”. Una decisión propia. Los últimos en tomarla serán inmortales. ¿Qué pasa?, preguntaron mis padres. “Nada”, respondí. Solo los miro. No vayamos a detenernos, nunca. “Me ahogo en la realidad: / Mis pasos ya no son anónimos, / ya no saben andar sobre el mar; / Aunque luchen / Mis brazos ya no saben volar, / Ya no me reconozco. Me he olvidado. / Me gustaría volver. Pero ¿hacia quién? / Todo me duele. / ¡Siento una ansia terrible / De mí misma!”, Ana Blandiana. Mientras sigamos, no seremos viejos, seremos desafiantes.
27.6.21
Envejecer
Publicado por LasVocesIncompletas en 9:49 0 comentarios20.8.16
La sonrisa más linda
Publicado por LasVocesIncompletas en 21:49 0 comentarios"Un día voy a morir, mis viejos van a morir, mi hermano se va a morir, y nunca, pero nunca más vamos a volver a estar vivos", Fabián CasasLa silla, en la que ella extiende sus piernas para llegar al sol, fue su refugio, pero ya no. Ahora prefiere recostarse a la leve sombra que le otorgan las flores de un pequeño jardín. Prefiere que su refugio sea público, expuesto. Cuando se recuesta allí, sin comodidad, dice que la invade una sensación embriagadora de caer, de la derrota. Suena el teléfono. Al otro lado, su madre. Ella no sonríe, habla con prisa. Respuestas cortas. Se despide, sonríe y continuamos. "Es que a ella la quiero mucho, pero me llama en cada instante. Siempre el peor. El otro día me sorprendió en una salida, no la quería contestar pero se enoja mucho. Sabes, siempre paso bochornos para que me diga lo mismo: cuídate, come, arrópate y descansa". Mira el celular, un iPhone, la imagen en la pantalla es una foto de ella y su mamá. Sabe que un día su mamá se va a morir y que, entonces, se va a querer morir con ella. Pero por ahora eso no la molesta.
Jenny (nombre ficticio) es lo más parecido a la brisa del amanecer en un lugar cálido. "Soy ligera", en efecto su paso invade de un aire fresco el lugar. "Eso me lo dejó la danza", asegura. Caminamos, faltan pocos minutos para las 21H30, estamos en el centro de la ciudad. A cada paso, demuestra -una y otra vez- como la vergüenza no la embriaga. Siempre sonríe. Sonríe incluso luego de tropezar en la vereda, mientras simula pasos de baile, en su esfuerzo por explicarme que: "a la vida no hay que temerla, ni tomarla en serio". Esa oración la repetiría al menos 15 veces durante la noche. Ahora es profesora. Dicta clase en dos colegios. Me cuenta sobre las declaraciones de amor, una más increíble que otra, de sus estudiantes. Jenny tiene 24 años. Sus alumnos son apenas adolescentes. Ella se ríe. No los toma en serio. "Allá me esfuerzo por ser la profe mala, la brava, la loca". Y esta loca. Lleva esa locura linda.
¿Cómo soportas un golpe así? Así se recibe un golpe -de frente-, el silencio de su madre a un lado de la cocina y ella parada, firme, sin tiempo para levantar sus brazos. La rabia: un golpe. Los gritos de él, los ojos fríos que la observan, el llanto de su hermana menor, un plato en el suelo. El dolor en la mandíbula: un golpe. Jenny, en el suelo, abre los ojos, sus manos en su cara, su mandíbula apretada, escucha crujir sus dientes, la huella en su piel del impacto del golpe, lágrimas, ira. Su madre: un golpe. Escuchará, una y otra vez, la voz de su madre que le reclama por enfrentarse a su padrastro y sentirá que se le rompe el corazón. Un día, esta noche, llegará hasta un balcón de una casa vieja, en la que acordamos esta entrevista, y dirá, por primera vez, que ya no quiere a su madre. Que esta sola. Que no sabe cómo soportar este golpe.
Todavía vive en esa casa. Sonríe.
-Y esa sonrisa?
-Quizás una estrategia. Como si no necesitara entristecerme.
![]() |
| Jacko / Centro de la ciudad |
2.5.16
Lunes
Publicado por LasVocesIncompletas en 13:54 0 comentariosLunes. Salgo de casa mientras la mayoría ya se encuentra en el laburo. Un viento frío levanta el polvo del suelo. Un cielo despejado y profundamente azul. Hay sol, sería un día caluroso sino fuese por el frío propagado por el viento. Si la gente entendiera lo que me cuesta avanzar a tomar un taxi para ir a trabajar. Hace mucho que deseo quedarme a dormir sobre el césped, bajo un árbol. O quizás acomodarme en una cafetería, junto a un ventanal, a continuar con este libro que llevo entre mis manos. Su pasta es negra. Leo pasajes breves cada vez que la realidad me resulta insoportable. Quisiera abandonarlo todo, acogerme en la locura. Mis pasos dejan huellas del color de las hojas secas. No hay lodo en mis pies. Apenas noto las marcas en el suelo. Hay días que me quedo pensando en aquello: en las huellas que dejo, en las hojas secas, en estar solo. Necesito que me rescaten del mundo. Un abrazo, un café, una conversación sin interrupciones. Las interrupciones siempre nos dejan ese sabor amargo a realidad. Una conversación obstinada. Un momento de olvido construido. Algo que me permita irme. Pero irme antes que tú, porque cuando tú te vas se va también mi alegría, mi calma. Quizá por eso estos días te he permitido irte al amanecer. Un día, lo vengo pensando hace mucho, tomaré todo lo que me ate a la realidad y lo lanzaré por la ventana. Me desprenderé de este celular que suena y suena. Dejaré de ir a trabajar. Me quedaré solo contigo. Me quedaré recostado bajo un árbol, eso es lo más seguro. A mí la pobreza no me disuade, me cautiva. Soy consciente de las facilidades y beneficios que te entrega el dinero, pero no puedo evitar pensar que la pobreza te otorga esa libertad de no estar atado a nada. Esa libertad de no reconocer el temor de perder algo.
![]() |
| Jacko / Lunes |
7.4.16
27.1.16
Sonrisas bonitas
Publicado por LasVocesIncompletas en 23:01 0 comentarios21.10.15
¡Es cosa hecha!
Publicado por LasVocesIncompletas en 22:46 0 comentarios| Jacko | Cruzar |
8.8.15
Error
Publicado por LasVocesIncompletas en 23:48 0 comentarios
![]() |
| Jacko |
3.7.12
Lo bello y lo siniestro
Publicado por LasVocesIncompletas en 12:28 0 comentarios
25.3.12
El último mensaje debió ser: “solo que nunca se nos ha ocurrido vernos”
Publicado por LasVocesIncompletas en 10:32 0 comentariosSoy la resistencia a tu mirada. Encargado de rechazar el dominio de tus palabras, de esconder la urgencia de tu cuerpo cansado reposando sobre el mío. Soy esa resistencia que te toma, que nos toma por descuido y nos lleva a perdernos, a olvidarnos, a abandonarnos. Esa resistencia al vaho de tu aliento en medio de la noche fría.
Soy esa resistencia a recordarnos, a la decisión de ignorarnos. No es fuerza, no es urgencia: es un mecanismo de supervivencia. Soy esa ridícula obsesión por no ceder del todo, de no reconocer que no hay nada que sostener. Nos habíamos llevado a un abismo donde no debimos saltar.
Ya no tengo la angustia de verte, de tocarte. Soy la resistencia a ti, pero también a que tus palabras pierdan su peso y se vuelvan aire tibio, inútil. Tus labios, tus juegos, tus tiempos, tus engaños. Pero también tu presencia, tu ternura, tu inteligencia, tu libertad, tu sabor a olvido.
A veces creo que pudiste conocerme, que sabrías dónde enterrarme, pero sé que me equivoco. Soy un árbol mal dibujado en una pared que ya no existe.
No volveremos a hacernos. Lo sé. Seremos solo ausencia, olvido, sonrisas incompletas. Seremos como esos instantes que justifican la vida y luego no se recuerdan. Yo, quizá —por ser resistencia—, me rehusaré a dejarte en la nada y me condenaré a recordarte siempre. Tú más afortunada: puedes hacer conmigo lo que quieras.
No volveremos a ese patio, a esa luna, a ese frío. A seducirnos. Solo me tendrás como tu resistencia. Para que no desaparezcas del todo. Para seguir imaginándote “aunque sé que no debo”.
Adiós.



