6.7.13

Introducción: Arriba de la ficción

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Su ropa esta vieja. Una blusa holgada apenas, y un pantalón apretado por el que se nota su cuerpo abollado. El cabello es negro. Su piel es blanca, sin huella de maquillaje. Abandonada –hace más de 48 horas según detalla el informe policiaco- en una quebrada al sur de la ciudad. No hay rastro de sangre en el suelo, tampoco hay herida visible en su cuerpo: parece dormir. El sitio –no tan lejos de un populoso barrio- está lleno de gente, unos son policías y otros son curiosos. Es medio día de un martes de julio. Mishell Zurita, residente del barrio Colimas, permanece parada sin habla en el lugar. Fue ella quien encontró el cuerpo. Mishell lleva zapatillas de lona, un pantalón de colegio, un saco de lana y nada combina. Esta sola. Los agentes del equipo de la policía forense en el lugar ya no tratan de apartar a la gente, trabajan frente a la mirada de todos. Mishell cae al suelo y nadie lo nota. Con 25 años esta residente de Colimas había sobrevivido al frio de la noche anterior, oculta en esa misma quebrada. Más tarde se sabría que su padre –un predicador cristiano reconocido por la comunidad- y su madre –profesora de una escuela privada al otro lado de la ciudad- mantenían –en su casa- un negocio difícil de contar.

Jacko AQ

31.3.13

El origen de los colores

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El origen de los colores



Esas mujeres son las que prefiero yo. Aquellas que van enamorando en su camino y que están seguras de sentir la libertad tan fuerte como el viento en sus rostros. Ellas que no encuentran ningún paralelo que las detenga o cielo que las asuste -ni en compañía, ni en soledad-. Esas mujeres de cabello alborotado y sonrisa gigante. Las que durmieron en lugares inimaginados porque están seguras que persiguen un sueño. Las que saben que no existe un sitió único para su vida. Las que buscan el amor y lo encuentran -muchas veces- solo en la literatura. Ellas que memorizaron a Cervantes y Nietzsche, que cantan sin saber cantar, que bailan solas y que no temen amar son las mujeres que no olvido.

Entonces, cómo detener sus presencias si están tan estrechamente vinculadas con sus necesarias ausencias. Al final, sólo nos quedará la sombra de sus zapatos gastados, medias rotas, caricias, besos y despedidas. Para que cuando vayamos avanzando en nuestros propios caminos podamos reconocer su paso y nos tomemos 5 minutos para recordarnos en ellas.

Sin embargo -estoy seguro- volveremos a encontrarnos en alguna vieja calle de esos lugares despegados del mundo. Y no despertaremos de la sorpresa de la misma sonrisa, ojos y magia grabados en el recuerdo. Ellas nos contarán sus vidas, nos dirán sus penas, escucharán nuestras caricias y luego se volverán a ir, sólo que esta vez no las volveremos a ver y la vida será tan insuficiente que acudiremos a la mentira de la imaginación. Mientras tanto, ellas seguirán vitales, valientes y fuertes inventando más mundos.      

La isla congelada / Jacko


25.2.13

Una historia de terror

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 Hablo y no entiendo nada de lo que digo. Las palabras salen como insectos borrachos: elogios torcidos, bromas que no recuerdo haber pensado, perros que se muerden la cola. Tú me miras con esa media sonrisa que parece aburrida pero no lo está. El mundo, en cambio, traduce por mí. Donde digo “clima extraño”, el aire susurra te deseo. Donde digo “neblina”, las paredes devuelven te extraño. Incluso el reloj conspira contra mi afasia y anuncia “me quedo” cuando yo dije, claramente, “me tengo que ir”.

Me respondes con frases normales, peligrosamente normales, y eso es lo inquietante. Cada sílaba tuya cae en su sitio exacto, como si dominaras este idioma secreto que me vuelve incomprensible para mí mismo. Las lámparas se inclinan para escucharte. Mi sombra se adelanta y se posa sobre la tuya, descarada, me traiciona. Yo digo que no podemos ser, y el mundo se ríe: los borrachos brindan solos, el suelo late, algo en tus ojos me busca.


Intento ser gracioso. El mundo me hace sonar valiente. Intento ser irónico. El mundo me vuelve cuerdo. Digo que estoy bien solo y una grieta se abre en la frase. Tú ríes, y por un segundo creo que la risa va a morderme, a recorrerme el pecho, a darme una excusa para tocarte; pero yo digo cariño, como quien se quema la lengua a propósito.


Te levantas, demasiado cerca. Por un segundo creo que vas a tocarme. No lo haces. No hace falta. Ya entendiste todo. Sales, y el silencio me concede una tregua breve, incómoda. Entonces comprendo el horror —el más divertido de todos—: no es que el mundo me entienda… es que se divierte traduciéndome para ti.


Solo me queda una salida: engañar al mundo. Asiento con la cabeza, uso frases cortas, silencios estratégicos. Digo cosas neutras, de manual, esperando volverme invisible. Pero el mundo está atento; no piensa perderse la oportunidad de torturarme con precisión.


Pruebo otra táctica: exagero. Me vuelvo absurdo. Lanzo chistes malos, de esos que deberían arruinar cualquier clima. El mundo los corrige. Donde hago humor torpe, él agrega insinuación. Donde me escondo, él prende la luz. Acerca mi voz a tu oído aunque estés lejos. Quiero decir “no podemos ser”, pero el todo obstinado lo subtitula: dejaría el recuerdo del resto de mis palabras grabado en tu espalda.


Entonces hago trampa. Descarado, digo: “Quiero seducirte”. Plano. Sin poesía. Error. El mundo se relame. Me convierte en misterio, en amenaza suave, en posibilidad prohibida. Tú sonríes como si acabaras de leer una línea que yo no recuerdo haber dicho.


Ahora no sé cómo cerrar este texto. El mundo me quita el punto final y lo guarda. Me deja hablando. Me deja deseando. Me convierte en uno de esos tipos comunes que digo despreciar. Tú te vas, pero ese todo malvado se queda conmigo, satisfecho.