25.2.13

Una historia de terror

 Hablo y no entiendo nada de lo que digo. Las palabras salen como insectos borrachos: elogios torcidos, bromas que no recuerdo haber pensado, perros que se muerden la cola. Tú me miras con esa media sonrisa que parece aburrida pero no lo está. El mundo, en cambio, traduce por mí. Donde digo “clima extraño”, el aire susurra te deseo. Donde digo “neblina”, las paredes devuelven te extraño. Incluso el reloj conspira contra mi afasia y anuncia “me quedo” cuando yo dije, claramente, “me tengo que ir”.

Me respondes con frases normales, peligrosamente normales, y eso es lo inquietante. Cada sílaba tuya cae en su sitio exacto, como si dominaras este idioma secreto que me vuelve incomprensible para mí mismo. Las lámparas se inclinan para escucharte. Mi sombra se adelanta y se posa sobre la tuya, descarada, me traiciona. Yo digo que no podemos ser, y el mundo se ríe: los borrachos brindan solos, el suelo late, algo en tus ojos me busca.


Intento ser gracioso. El mundo me hace sonar valiente. Intento ser irónico. El mundo me vuelve cuerdo. Digo que estoy bien solo y una grieta se abre en la frase. Tú ríes, y por un segundo creo que la risa va a morderme, a recorrerme el pecho, a darme una excusa para tocarte; pero yo digo cariño, como quien se quema la lengua a propósito.


Te levantas, demasiado cerca. Por un segundo creo que vas a tocarme. No lo haces. No hace falta. Ya entendiste todo. Sales, y el silencio me concede una tregua breve, incómoda. Entonces comprendo el horror —el más divertido de todos—: no es que el mundo me entienda… es que se divierte traduciéndome para ti.


Solo me queda una salida: engañar al mundo. Asiento con la cabeza, uso frases cortas, silencios estratégicos. Digo cosas neutras, de manual, esperando volverme invisible. Pero el mundo está atento; no piensa perderse la oportunidad de torturarme con precisión.


Pruebo otra táctica: exagero. Me vuelvo absurdo. Lanzo chistes malos, de esos que deberían arruinar cualquier clima. El mundo los corrige. Donde hago humor torpe, él agrega insinuación. Donde me escondo, él prende la luz. Acerca mi voz a tu oído aunque estés lejos. Quiero decir “no podemos ser”, pero el todo obstinado lo subtitula: dejaría el recuerdo del resto de mis palabras grabado en tu espalda.


Entonces hago trampa. Descarado, digo: “Quiero seducirte”. Plano. Sin poesía. Error. El mundo se relame. Me convierte en misterio, en amenaza suave, en posibilidad prohibida. Tú sonríes como si acabaras de leer una línea que yo no recuerdo haber dicho.


Ahora no sé cómo cerrar este texto. El mundo me quita el punto final y lo guarda. Me deja hablando. Me deja deseando. Me convierte en uno de esos tipos comunes que digo despreciar. Tú te vas, pero ese todo malvado se queda conmigo, satisfecho.






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