Frente a esa vieja puerta de madera, quebrada en su perpetuo lumbral, ellos bailaban tomados de sus viejas manos. Los otros, ellos atónitos y desquiciados, miraban el momento aterrorizados por los pasos continuos del tiempo. El viento y su frio roce, provocaba a los espectadores, recordando que su paso es tiempo y el tiempo es muerte.
Nadie atreviese a protestar en memoria del yacente. Cual estética planificada para el momento, los violines sonaban y todos los otros callados, no porque no quisieran hablar, no porque no les pareciera terrible, sino, porque ellos mismos se sentían parte del baile.
Sus viejas manos en el cuerpo del otro, sus pasos apenas firmes en su edad y esa puerta, la misma puerta, ahora era testigo de este desplante. ¡Puta!, se escuchó desde uno de los invitados, sentado aún en una de las sillas acomodadas en el patio de esta vieja casa de adobe, que se cae.
Y los violines parecieron tocar más fuerte, y no se repitió más la frase, y la pareja siguió bailando alrededor del féretro del esposo de ella a sus pies, a la mirada de todos, callados.
Soy la resistencia a tu mirada. Encargado de rechazar el dominio de tus palabras, de esconder la urgencia de tu cuerpo cansado reposando sobre el mío. Soy esa resistencia que te toma, que nos toma por descuido y nos lleva a perdernos, a olvidarnos, a abandonarnos. Esa resistencia al vaho de tu aliento en medio de la noche fría.
Soy esa resistencia a recordarnos, a la decisión de ignorarnos. No es fuerza, no es urgencia: es un mecanismo de supervivencia. Soy esa ridícula obsesión por no ceder del todo, de no reconocer que no hay nada que sostener. Nos habíamos llevado a un abismo donde no debimos saltar.
Ya no tengo la angustia de verte, de tocarte. Soy la resistencia a ti, pero también a que tus palabras pierdan su peso y se vuelvan aire tibio, inútil. Tus labios, tus juegos, tus tiempos, tus engaños. Pero también tu presencia, tu ternura, tu inteligencia, tu libertad, tu sabor a olvido.
A veces creo que pudiste conocerme, que sabrías dónde enterrarme, pero sé que me equivoco. Soy un árbol mal dibujado en una pared que ya no existe.
No volveremos a hacernos. Lo sé. Seremos solo ausencia, olvido, sonrisas incompletas. Seremos como esos instantes que justifican la vida y luego no se recuerdan. Yo, quizá —por ser resistencia—, me rehusaré a dejarte en la nada y me condenaré a recordarte siempre. Tú más afortunada: puedes hacer conmigo lo que quieras.
No volveremos a ese patio, a esa luna, a ese frío. A seducirnos. Solo me tendrás como tu resistencia. Para que no desaparezcas del todo. Para seguir imaginándote “aunque sé que no debo”.
Cada vez más irreal iba haciéndose la anterior escena, cada vez más increíble queestos ojos hubiesen podido mirar tan desencajados y fijos hace aún pocos minutos, contanta gravedad y tan terriblemente. Oh, en esto era Armanda como la vida misma:siempre momento, no mas, nunca calculable de antemano. Ahora estaba comiendo, y elmuslo de pato y la ensalada, la tarta y el licor se tomaban en serio, y se hacían objetode alegría y de crítica, de conversación y de fantasía. Cuando un plato era retirado,empezaba un nuevo capítulo. Esta mujer, que me había penetrado tan perfectamente,que parecía saber de la vida más que todos los sabios, se dedicaba a ser niña, alpequeño juego de la vida del momento, con un arte que me convirtió desde luego en sudiscípulo. Y lo mismo da que fuese todo ello alta sabiduría o sencillísima candidez. Quiensabía vivir de esta manera el momento, quien vivía de este modo tan actual y sabíaestimar tan cuidadosa y amablemente toda flor pequeña del camino, todo minúsculovalor sin importancia del instante, éste estaba por encima de todo y no le importabanada la vida. Y esta alegre criatura, con su buen apetito, con su buen gusto retozón,¿era al propio tiempo una soñadora y una histérica que se deseaba la muerte, o unadespierta calculadora que, conscientemente y con toda frialdad quería enamorarme yhacerme su esclavo? Esto no podía ser. No; se entregaba sencillamente al momento detal suerte, que estaba abierta por entero, lo mismo que a toda ocurrencia placentera,también a todo fugitivo y negro horror de lejanas profundidades del alma y lo gustabahasta el fin.
Dígase que hoy sí. Que hoy empieza. Respire hondo. Hágalo como si no pensara en su sabor cuando toma helado. Descubra que es imposible.
Salga a la calle. Camine. Deje que la noche lo sorprenda. Escuche música. Haga como si no recordara sus ojos. Sienta cómo ese vacío se propaga sin pedir permiso. Recuerde. Diga: “Haga lo que quiera conmigo”. Siga caminando.
No espere más oscuridad. Permita que el frío lo alcance. Mire los autos, sus luces encendidas, haciendo lo que les da la gana. Recuerde el color de su piel. No quiera hacerlo. Hágalo igual.
Cuando llegue, acuéstese. Cierre los ojos. Sienta sus labios. Sienta la ausencia de sus labios en los suyos. No escriba.
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