31.3.13

El origen de los colores

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El origen de los colores



Esas mujeres son las que prefiero yo. Aquellas que van enamorando en su camino y que están seguras de sentir la libertad tan fuerte como el viento en sus rostros. Ellas que no encuentran ningún paralelo que las detenga o cielo que las asuste -ni en compañía, ni en soledad-. Esas mujeres de cabello alborotado y sonrisa gigante. Las que durmieron en lugares inimaginados porque están seguras que persiguen un sueño. Las que saben que no existe un sitió único para su vida. Las que buscan el amor y lo encuentran -muchas veces- solo en la literatura. Ellas que memorizaron a Cervantes y Nietzsche, que cantan sin saber cantar, que bailan solas y que no temen amar son las mujeres que no olvido.

Entonces, cómo detener sus presencias si están tan estrechamente vinculadas con sus necesarias ausencias. Al final, sólo nos quedará la sombra de sus zapatos gastados, medias rotas, caricias, besos y despedidas. Para que cuando vayamos avanzando en nuestros propios caminos podamos reconocer su paso y nos tomemos 5 minutos para recordarnos en ellas.

Sin embargo -estoy seguro- volveremos a encontrarnos en alguna vieja calle de esos lugares despegados del mundo. Y no despertaremos de la sorpresa de la misma sonrisa, ojos y magia grabados en el recuerdo. Ellas nos contarán sus vidas, nos dirán sus penas, escucharán nuestras caricias y luego se volverán a ir, sólo que esta vez no las volveremos a ver y la vida será tan insuficiente que acudiremos a la mentira de la imaginación. Mientras tanto, ellas seguirán vitales, valientes y fuertes inventando más mundos.      

La isla congelada / Jacko


25.2.13

Una historia de terror

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 Hablo y no entiendo nada de lo que digo. Las palabras salen como insectos borrachos: elogios torcidos, bromas que no recuerdo haber pensado, perros que se muerden la cola. Tú me miras con esa media sonrisa que parece aburrida pero no lo está. El mundo, en cambio, traduce por mí. Donde digo “clima extraño”, el aire susurra te deseo. Donde digo “neblina”, las paredes devuelven te extraño. Incluso el reloj conspira contra mi afasia y anuncia “me quedo” cuando yo dije, claramente, “me tengo que ir”.

Me respondes con frases normales, peligrosamente normales, y eso es lo inquietante. Cada sílaba tuya cae en su sitio exacto, como si dominaras este idioma secreto que me vuelve incomprensible para mí mismo. Las lámparas se inclinan para escucharte. Mi sombra se adelanta y se posa sobre la tuya, descarada, me traiciona. Yo digo que no podemos ser, y el mundo se ríe: los borrachos brindan solos, el suelo late, algo en tus ojos me busca.


Intento ser gracioso. El mundo me hace sonar valiente. Intento ser irónico. El mundo me vuelve cuerdo. Digo que estoy bien solo y una grieta se abre en la frase. Tú ríes, y por un segundo creo que la risa va a morderme, a recorrerme el pecho, a darme una excusa para tocarte; pero yo digo cariño, como quien se quema la lengua a propósito.


Te levantas, demasiado cerca. Por un segundo creo que vas a tocarme. No lo haces. No hace falta. Ya entendiste todo. Sales, y el silencio me concede una tregua breve, incómoda. Entonces comprendo el horror —el más divertido de todos—: no es que el mundo me entienda… es que se divierte traduciéndome para ti.


Solo me queda una salida: engañar al mundo. Asiento con la cabeza, uso frases cortas, silencios estratégicos. Digo cosas neutras, de manual, esperando volverme invisible. Pero el mundo está atento; no piensa perderse la oportunidad de torturarme con precisión.


Pruebo otra táctica: exagero. Me vuelvo absurdo. Lanzo chistes malos, de esos que deberían arruinar cualquier clima. El mundo los corrige. Donde hago humor torpe, él agrega insinuación. Donde me escondo, él prende la luz. Acerca mi voz a tu oído aunque estés lejos. Quiero decir “no podemos ser”, pero el todo obstinado lo subtitula: dejaría el recuerdo del resto de mis palabras grabado en tu espalda.


Entonces hago trampa. Descarado, digo: “Quiero seducirte”. Plano. Sin poesía. Error. El mundo se relame. Me convierte en misterio, en amenaza suave, en posibilidad prohibida. Tú sonríes como si acabaras de leer una línea que yo no recuerdo haber dicho.


Ahora no sé cómo cerrar este texto. El mundo me quita el punto final y lo guarda. Me deja hablando. Me deja deseando. Me convierte en uno de esos tipos comunes que digo despreciar. Tú te vas, pero ese todo malvado se queda conmigo, satisfecho.






9.12.12

De cualquier lugar

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Hoy vuelvo con una voz más personal, vuelvo para experimentar estas facetas resumidas, con las mismas voces incompletas.

Hay luces que solo encuentro en las noches cóncavas. En el regreso a las mascaras vacías que dejo al levantarme incognito. La rabia –sin embargo- continúa. Es habitante de mi mismo, se desenvuelve sola, liviana y refrescante. Mis ojos miran a la mascara que llevo, se saben desconocidos y culpables. La piel de mi rostro se desprende capa a capa por el roce de la textura ajena. Todas llevan una sonrisa dibujada, pocas los ojos abiertos, ninguna una palabra escrita. Siempre sigo las luces, pero hay pocas como la de esta noche. 

Jacko/De cualquier lugar

2.9.12

Toc, toc, toc

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Toc, toc, toc... 
Pasaba recostado toda la tarde escuchando el mismo blues y contando los rayos de sol que escapaban de su persiana. El ritmo solía evitar el enojo, la voz lo hacía sentirse acompañado y la letra, siempre la misma letra, le hacía sentirse capaz de diferenciar todos sus mundos. Habíase convertido en un vagabundo dentro de su habitación. 
El primer día de su encierro estuvo lleno de valentía. Tomó sus zapatillas con furia, las abanicó sobre su cabeza -disfrutaba el viento en su cara-, abrió con su mano más inútil la ventana y las arrojó con tal fuerza que fueron a parar al coco del dacia 94 que estaba parqueado en frente. Poco tiempo después, una multitud aglutinada al filo de su ventana, confundida, exclamaba gritos incoherentes sobre él. Sin embargo, su interés era percibir el aroma del fin del día. En la casa, al otro lado de su puerta, los sonidos se hacían cada vez más comunes. En ocasiones se escuchaba así mismo, en otras escuchaba a todos y luego la ausencia de su voz, pero los sonidos no paraban. 
Los harapos a un lado de la habitación, sus excreciones al otro y él tan quieto. Algunos días pasaron desde su audaz decisión, para entonces ya no llevaba ropa consigo y había descubierto lo bueno que resultaba tener un árbol de sandías fuera de su ventana. 
Jacko/ Perdernos en la imaginación
Los tanques de guerra de la dictadura recorrían las calles, los cuerpos eran arrojados a los filos de las veredas y batallones completos de militares bailaban por las noches bajo los pocos focos útiles que quedaban. 
Espigas de trigo volaron por su habitación, atrapó una y la sujeto frente a sus ojos hasta que su mirada lo llevara a ese eterno paisaje que lo liberó de los perros hambrientos de carne. 

La puerta sonó. 
  

 

1.9.12

PAISAJE

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Y una vez más nos encontramos acá… sé que la espera nunca es tormentosa cuando no se está consciente de la ausencia, pero igual regresamos. Ya saben, no será por miedo a la locura que bajemos la bandera de la imaginación… Espero estas letras sean de su agrado, les dejo este paisaje

El amanecer vino acompañado con lluvia. Innumerables balcones se diluían en una corriente de colores. Paisaje particular para otoño en la ciudad. Las hojas – las innumerables hojas marchitas- recobraban su color mientras eran arrastradas por la corriente multicolor que invadía las calles. Calles empedradas, paredes de barro –de por lo menos un metro de grueso-, ventanales de madera y nadie, nadie para mirar el paisaje descomponerse.


La brisa acompañaba el desplazamiento de la corriente, facilitaba –además- el desvarío de las hojas sobre el agua.  Una danza espontanea se dibujaba en las calles mudas. La lluvia no se detuvo. Aquellos pequeños riachuelos a cada extremo de la calle, habíanse combinado, ahora, sobre la calzada empedrada se dibuja una sola lámina de agua.

Jacko - Gracias a esos espacios perdidos 
Resulta fácil imaginar voces en este sitio. No hay  electricidad, no hay nadie, pero un viejo radio sigue sonando atemporal a lo lejos. Despiertan inesperados los recuerdos que se bañan de pintura. Pequeños corren azules sobre el agua y más de una pareja reflejada aprovecha para sujetarse una vez más. No, no hay nadie, es cierto, pero que fácil resulta imaginarlos.